viernes, 26 de noviembre de 2010

El Cuento: antiguo y moderno género literario



Los eruditos están de acuerdo en que el cuento es tan antiguo como la cultura humana y que durante muchos siglos no es fácil distinguirlo de la leyenda, de la fábula y de otros géneros similares. Según la arqueología, la crítica literaria y la cronología, los cuentos más remotos son egipcios, y uno de ellos es La historia del náufrago, escrito en un papiro descubierto por Golenischeff; historia de navegantes, con olas enfurecidas, islas misteriosas, una serpiente de treinta varas de largo con incrustaciones de oro y que habla como un ser humano. Estos cuentos del antiguo Egipto son anteriores a los popularísimos de Las mil y una noches, dados a conocer en Europa por Galland en el siglo XVIII y que tanto influyeron en la literatura occidental y en especial española. Pero otros estudiosos —entre ellos B. Cosquín, siguiendo los pasos iniciales de Koehler, el erudito bibliotecario de Weimar y del investigador Teodoro Benfey— plantean la firme posibilidad de que no sea Egipto sino la India histórica el país de origen de los cuentos más antiguos, como el citado y otro, igualmente memorable: El cuento de los dos hermanos, cuya antigüedad se calcula en más de tres mil años.
Mas el cuento como género literario es un fruto tardío y hasta raro en la literatura, y en muchos países, sumamente ricos en cuentos populares y de tradición oral, apenas si es conocido y cultivado. Porque es necesario diferenciar desde ya el cuento antiguo y oral, tradicional o popular— uno de los primeros medios de comunicación entre los pueblos— y el cuento llamado "literario" o moderno, de creación individual e imaginativa. El primero, de elaboración colectiva y anónima, recorre el orbe, inicialmente oral y luego gráficamente, como millares de semillas arrojadas a todos los vientos. El segundo, de propiedad exclusiva de su autor, constituye uno de los géneros literarios más difíciles y recientes y en la actualidad se lo confunde a menudo con el relato y con la novela breve. Así, el estudio del cuento antiguo corresponde al folklore y el del cuento moderno a la literatura.
Es necesario remitirse a Luciano, del siglo II de nuestra era, para encontrarse con el primer escritor de cuentos ingeniosos, Realista y fantástico a la vez, expeditivo y breve, irónico y sarcástico, epicúreo y escéptico, Luciano de Samosata fue uno de los autores que con más belleza y galanura escribieron el griego, Luciano inició el camino que siguieron muchos literatos del Renacimiento y hasta de la Edad Moderna.
Muy posterior a Luciano, hacia el año 1100 surgió Mosé Sefardí, un judío español que al ser bautizado en Huesca tomó el nombre de Pedro Alfonso. Su afamado libro Disciplina Clericalis (Enseñanza de doctos) no sólo influyó extraordinariamente en su época sino que atrajo irresistiblemente a escritores de períodos muy ulteriores como el infante Juan Manuel, Cervantes y Boccaccio, quienes se inspiraron y hasta tomaron elementos de aquella serie de esquemáticos cuentos para los suyos picantes o festivos.
Pasaron varios siglos y centenares de cuentos orales, escritos o simplemente puestos en escritura, antes de que éstos pasasen a ser de elaboración anónima y colectiva a creación individual y escrita. Todavía en el año 1613 era novedoso y edificante lo que escribió el autor del Quijote en el prólogo de sus Novelas ejemplares: "Yo soy el primero que he novelado en lengua castellana; que las muchas novelas que en ella andan impresas todas son traducidas de lenguas extranjeras, y éstas son mías propias, ni imitadas ni hurtadas; mi ingenio las engendró y las parió mi
pluma, y van creciendo en los brazos de la estampa". Desde sus orígenes hasta la Edad Media, el cuento fue generalmente didáctico, religioso o moralista, adaptándose al medio al que era transportado y donde debía germinar y subsistir. Pero al finalizar la Edad Media comienza el lento desprestigio
del cuento tradicional y el nacimiento del cuento escrito y momoderno, con la preocupación por el estilo, por la forma literaria, por el sello personal de cada creación. Aparecieron entonces el Conde Lucanor, llamado también El Libro de Patronio, de Don Juan Manuel; el no menos reputado Libro del Buen Amor, del Arcipreste de Hita y, veinte años después, los excepcionales cuentos del Decamerón, de Boccaccio, terminado en 1353. El Conde Lucanor, publicado en 1328, es, según Ramón Menéndez Pidal, "la cumbre donde se juntan, de un lado, la época didáctica tradicional que acaba, y de otro la época de la novelística personal que comienza". Los cuentos de Boccaccio, considerado "creador del cuento moderno", son maravillosos por su elegante agilidad y sus personajes de variadísima índole. Este admirable florentino era un artista consciente y un estilista; medía y calculaba el valor de cada palabra, la extensión de cada frase y el ritmo de los períodos, conforme al tema y a los sucesos que elaboraba. Vivos, frescos, casi siempre festivos y picantes y frecuentemente leídos, son cuentos de permanente actualidad. Discípulos y admiradores surgieron a centenares. Aunque no de una manera manifiesta, el propio Cervantes no dejó de imitarlo.
Después de Cervantes —cuya inmortalidad corresponde a sus novelas y no a sus cuentos— aparecieron, entre otros, Perrault, a quien le debemos la popular Cenicienta; Andersen, el cuentista danés que tuvo una infancia tan dolorosa; los hermanos Jacobo y Guillermo Grimm, también famosos por sus Cuentos de niños y del hogar; Washington Irving, creador de los Cuentos de la Alhambra, frutos de su visita de varios meses a Granada; Nathaniel Hawthorne, norteamericano como Washington Irving y Edgar Allan Poe, siendo este último acaso la figura más gigantesca y profunda de la literatura del Norte y, sin duda ninguna, el primer gran cuentista moderno y maestro del género. Exceptuando a los precitados cuentistas para niños, que representan un tipo literario diverso, ningún escritor, durante este lapso de tres siglos a partir de la época del glorioso Cervantes, elaboró cuentos con la genial maestría de este ciudadano hijo de tuberculosos, que vivió y murió acorralado por la indigencia, la desesperación y el alcoholismo, que descolló igualmente como poeta y que legó a la humanidad narraciones inmortales. Pese a sus preferencias por los temas terroríficos y fúnebres, y que a veces hacen colindar sus producciones con las de carácter aventurero, nadie antes que él había elevado al género cuentís-tico a formas tan precisas y a cimas tan altas de emoción y perfección.
En el siglo xIX, y a partir de Edgar Allan Poe, es cuando empiezan a surgir en Europa v en Améríca los grandes cuentistas no superados todavía, que hacen del cuento una forma literaria auténtica, propia v diferenciada, que poco o nada tiene ya que ver con el antiguo cuento popular de tradición oral y a la vez muy distinta de la fábula, del relato e inclusive de la novela corta. El cuento comenzó entonces a tener cultores de talla singular y que continuaron enalteciéndolo en la cumbre de su técnica y su belleza. Rudyard Kipling, Guy de Maupassant, Jan Neruda, Antón Chejov, Máximo Gorki, Leopoldo Alas (Clarín), Leónidas Andreiev, O. Henry (cuyo verdadero nombre era Wi-liam Sydney Porter y cuyos cuentos son característicos por sus finales sorpresivos), Próspero Merimée, Giovanni Verga, Gabriele D'Annunzio, José Cross (seudónimo de Howars Nemerow y W. R. Johnson), Francis Bret-Harte, Arcady Averchenko y Horacio Quiroga —que, como otros de los citados, pertenece ya a nuestro siglo— se distinguieron extraordinariamente en el cuento. Lo cultivaron asimismo con éxito León Tolstoy, Juan Valera, Oscar Wilde, Honorato de Balzac, Enrique Sienkiewicz, Alejandro Kuprin, José M. Gabriel y Galán, Eça de Queirós, Anatole France, Franz Kafka y, entre nosotros, Roberto J. Payró, Guillermo Estrella, Joaquín V. González, Jorge Luis Borges y otros. No hay tal vez ningún escritor famoso del mencionado siglo XIX y del nuestro que no haya ensayado el concentrado género. Pero lo hicieron como "algo más" dentro de sus actividades literarias. Sin darle al cuento mayor trascendencia y sin trascender ellos mismos mayormente como cuentistas. Sólo podemos separar unos pocos nombres para hallarnos con verdaderos maestros, con hombres que hicieron esa rigurosa disciplina literaria uno de los objetivos fundamentales de su vida —como Poe, como Quiroga, que lo trabajaron con trágico fervor— y que, al igual que Chejov, Maupassant y O. Henry firmaron composiciones que podrían servirnos de modelos.
Son estos últimos autores nombrados —entre los que hay que destacar también a Borges y a Guillermo Estrella, injustamente olvidado— quienes, por el valor de sus obras y a veces de sus juicios, nos permitirán tener un cartabón aproximado o por lo menos una guía al acercarnos a la cuentística argentina. Ellos nos ayudarán a considerarla y al hacerlo trataremos, antes que nada, de no bajar al cuento del elevado sitial que como género bien definido —antiguo y moderno a la vez— le corresponde.


Fuente: El cuento argentino (1963)
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